Abro este blog con la intención de mantener un ameno diálogo con todo aquel que se acerque a él. Creo que lo más bonito de las relaciones humanas es esa comunicación que consiste en un intercambio de emociones, conocimientos, ideas….Esa comunicación que enriquece el espíritu.

"La relevancia de la comunicación humana, pues del contacto verbal surge un intercambio que aminora el dolor, palía la soledad y estimula el contento de vivir” Carmen Martí Gaite

lunes, 20 de febrero de 2017

Mientras recojo mi destino


Mientras recojo mi destino del frío suelo de la cocina, para que se enteren de que me he marchado.
  Va pensando mientras recoge todas sus cosas, hasta las más insignificantes. Se va para siempre. Sólo volverá de visita. No se marcha embargada por odio, ni resentimiento. Se va porque ha llegado la hora, le pese a quien le pese.
  Siempre tuvo muy claras las ideas acerca de sus obligaciones como hija, que ha cumplido con creces-. Pero hasta esas obligaciones tienen un límite y ese límite ha llegado
  Salió la primera vez, como de puntillas. Apenas acabada la carrera encontró trabajo en un pueblecito encantador a unos 300 kilómetros de casa de sus padres. Fue, como le dijo una buena amiga, providencial.
Surgió por casualidad.
- Me han ofrecido trabajo, en un colegio de C. Yo no me voy a ir porque aquí está mi novio y queremos encontrar algo juntos, pero es ideal para ti. Estás soltera, no tienes novio y necesitas salir de tu casa, lo sabes muy bien.
-Gracias, me salvas la vida.
  No lo pensó dos veces. Sus padres, de momento, no se opusieron porque pensaron que al día siguiente habría cambiado de opinión. ¿Dónde iba a ir  sola, tan pavita, tan poquita cosa, tan indecisa...? Es lo que pensaban de ella porque así es como habían procurado hacerla. Pero qué lejos estaban de saber, que de lo que ellos habían querido hacer a lo que había realmente en aquella desconocida que iba a ser desde ahora su hija, había un abismo.
  Se informó sobre el lugar en uno de esos diccionarios enciclopédicos en los que se encontraba todo lo habido y por haber, como hoy en Internet. Todo lo que allí decía era -formidable: un pueblecito en medio de la sierra, con paisajes espectaculares, con ruinas de castillos medievales, al que se llamaba “la Suiza andaluza”.
  Me voy, se dijo. Al día siguiente escribió pidiendo información. La respuesta fue el aviso de una conferencia telefónica. Le hablaba el que iba a ser el director del colegio. ¿Qué asignaturas podía impartir? - Todas las de Letras, ¡Qué atrevimiento! Sabidas las condiciones dijo que le mandaran el contrato para firmarlo y que le buscaran alojamiento.
  Cuando su padre vio que la cosa iba en serio intentó convencerla -no necesitas irte, aquí también encontrarías trabajo y si no, entre tanto no pasa nada. Efectivamente no pasa nada, pensó. Sólo que sigo siendo la chacha a cambio de la comida, que no tengo dinero ni para unos zapatos por temporada, un lápiz de labios y un largo etcétera, sin hablar del preciado y ansiado tesoro de la libertad. Mientras esto pensaba contestó que ya había dado su palabra y eso es algo serio. Vamos, que se va.
  Su padre no insistió más. Al comentarlo con los amigos le aconsejaron por unanimidad que la dejara ir, porque le convenía foguearse. ¿Sabían lo que querían decir? Porque foguear según el diccionario significa, entre otras cosas esto, que es lo que más se aproxima a la situación, acostumbrar a alguien a las penalidades y trabajos de un estado u ocupación. También, así en forma reflexiva, habituarse, avezarse. Quizá a esto se referían. ¿O dijeron desfogarse que es algo así como desahogarse? Debe ser lo segundo ¡Qué más da! El caso es que a las dos o tres horas de haber leído la tesina, salió de casa con la maleta llena de ilusiones y un contrato bajo el brazo.
  A primera hora de la tarde. Ella con su bolso y su maletín de la máquina de escribir y su padre con la maleta. Su madre, como era de esperar, montó el número. En la escalera llorando como si se la llevaran a la guerra. Las vecinas ayudándola_ hacedle una tila_ dijo el padre sin querer ni mirar. Ella corría escaleras abajo. El corazón le brincaba en el pecho y solo le faltaba cantar aquello que más tarde se escuchó tanto “libertad, libertad…”
   Antes, hubo sus diferencias entre ella y su padre acerca del medio de transporte. Ella, que tenía sus ahorrillos, quería ir hasta Granada en el TER y de allí al pueblo en autobús. El padre dijo que no eran ellos gente de TER, que eso era muy elegante y caro. Decidió que había que ir en un tren-correo, en tercera (asientos de madera en los que se sentaban por lo menos seis personas, salvo que con un poco de suerte no se llenara el tren) que llegaba a Chinchilla o a Alcázar de S. Juan, uno de esos sitios. Se llegaba a eso de las diez de la noche y había que esperar varias horas para tomar otro tren que venía de Madrid y los dejaría en Baeza; ya de allí a su destino, en autobús.
   Como primera providencia, se equivocaron de tren. Había en la estación uno muy largo. El padre preguntó cuál iba para Madrid y le dijeron: ése. Creyeron que era todo y se instalaron en el vagón que más les gustó. Cuál no sería su sorpresa cuando vieron que la mitad del tren partía dejándolos a ellos en la otra mitad. Vuelta a preguntar y: el de Madrid es el que acaba de salir. Volando, maletas al suelo, fuera del tren, fuera de la estación, un taxi ¡rápido! a la estación de Alcantarilla. ¡Hay que llegar antes que el tren! ¡Qué viaje! Pero entraron en la estación al mismo tiempo que el tren con el ídem justo de pagar al taxista dándole las gracias mientras recogían el equipaje y ¡por fin en su tren!
   A eso de las seis de la mañana llegaron a Baeza. Se sentaron en un bar frente a la estación para tomar algo. ¡Qué diferencia de aquella Baeza a la que visitó muchos años después! ¡Cuánta porquería por todos lados, cuántas moscas! ¿Serían las antepasadas de éstas las que inspiraron a Machado? Pero la ilusión de la aventura que acababa de empezar no le quitaba la alegría. Por fin llegó el autobús que la llevaría a su destino. Tal vez habría que entrecomillar la palabra “destino”.
   Pronto empezaron a aparecer las pinadas, los montes, las caídas de agua por las laderas. Incluso su padre se entusiasmó con las vistas. Aquello prometía. Llegaron al pueblo a media mañana. Unos críos como de diez o doce años se acercaron y le preguntaron si era la señorita que esperaban, los acompañaron al hotel donde le habían reservado habitaciones.
   ¡El hotel! El baño estaba fuera de las habitaciones, era comunitario y como complemento tenía un agujero en el techo justo sobre la ducha. No se duchó-. Apenas se encontró con el director le dijo: aquí no me quedo. Y él: ya lo sabía, por eso te he buscado alojamiento con una señora que es la viuda de un profesor del Laboral, donde vas a estar estupendamente. Parecía que los hados estaban de su parte. Bueno, en aquel entonces ella pensaba que era Dios que, por fin, se acordaba de ella.
   Hechas esa tarde las presentaciones a los otros profesores, menos uno que no había llegado, y visitado el colegio, se trasladó a su nuevo hogar.
  Al día siguiente su padre se volvió ya más tranquilo al dejarla en familia. Efectivamente estuvo bien. Siempre recordará a aquella pequeña familia, donde había dos niños (niño y niña) de nueve y once años encantadores, a la que tomó un gran cariño.
  Luego encontró amigos, familia, paz y el amor. Vivió dos años felices, aunque al final del primero algo vino a enturbiar su felicidad. A finales de curso su padre le escribió con la noticia de que ya tenía trabajo en su ciudad, al lado de casa y ella, llevada por la inercia de tantos años de obedecer y callar, no supo negarse. Lloró con toda su alma, pero por aquello de que no hay mal que por bien no venga, el objeto de su amor y desvelos que aún no había desvelado sus auténticas intenciones, al ver que se le escapaba confesó. Entonces ella recobró fuerzas y dijo: me quedo.
  Se quedó, pero se iría al curso siguiente por razones que no vienen al caso. Volvió a casa, preparó oposiciones, consiguió trabajo para el curso siguiente en un Instituto que acababa de nacer. Tras dos cursos casi de pesadilla en los que, al menos, consiguió vivir fuera de casa de sus padres durante la semana, y a pesar de los intentos de su madre por desbaratarle el noviazgo, por fin están juntos de nuevo. Se han casado
   Por eso ella, por si no había quedado claro que ahora iba en serio, que sólo volvería de visita, estaba recogiendo hasta los últimos retazos de su vida en aquella casa. No pensaba dejar piedrecitas señalando el camino para volver o para que creyeran que volvería, como vulgarmente se dice, con el rabo entre las … No volvería pasara lo que pasara, más que de visita.


Este relato forma parte de otro más extenso escrito hace años

¿Algún comentario?


jueves, 2 de febrero de 2017

EL VALOR DEL SILENCIO


  “LOS SILENCIOS DICEN A VECES MÁS QUE LAS PALABRAS”, (Julián personaje de   ITAHISA de Toti Martínez de Lezea)

  Una verdad incuestionable. El silencio guarda estrecha relación con la verdad y la mentira; con el amor y el odio; con la soledad y la tristeza; pero también con la compañía porque en compañía el silencio es escuchar pues, como decía (¿Goethe?) si “Hablar es una necesidad, escuchar es un arte”.

   Mucho se puede decir sobre el silencio, pero me temo que después de leer este artículo que se me ha ocurrido, más de uno piense: podrías haber guardado silencio. Lo asumo y respeto su opinión, pero me acojo a la, tan cacareada hoy, libertad de expresión.

   Me llega esta cita que me parece interesante:” antes de hablar pregúntate si lo que vas a decir es verdad, si no daña a nadie, si es útil. Y, en fin, si vale la pena perturbar el silencio con lo que quieres decir”. Según esta idea, tal vez no deberíamos hablar nunca y dejar el mundo en un eterno silencio. Ni tanto, ni tan calvo” dice la voz popular. Por supuesto, pensar antes de hablar. Obviamente, no mentir. Pero ¿conseguir que no dañe a nadie? Esto ya es casi imposible y, en todo caso, dependerá de la habilidad con que se diga y de la susceptibilidad, incluso inteligencia y madurez de quien escucha.

    Hoy, sin ir más lejos, no se puede decir lo que se piensa en cuestiones políticas ante nadie. Incluso en el mundo de las redes sociales. Hay muchas personas que dicen en ellas todo lo que se les ocurre pero si un seguidor o lector tiene la” feliz idea” de incluir un comentario, en principio tan inocuo, como “sin comentarios”, puede organizar un gran revuelo. Lees una definición de poesía con la que no estás de acuerdo y se te ocurre comentar: “la poesía es mucho más que eso”. Otro revuelo. Por tanto, mejor guardar silencio o, como mucho, pinchar el icono de me gusta. Tengo la impresión de que es lo único permitido.
  En lo que a comunicación se refiere, el silencio es un arma de doble filo. Se suele oír que “quien calla otorga”. También que quien calla es porque no tiene nada que decir. Ambas afirmaciones podrían ser ciertas en algún caso pero no se debería generalizar. Es posible que se calle por prudencia, por no herir susceptibilidades cuando no se está de acuerdo con algo pero se tiene la nítida sensación de que no va a gustar lo que digas. Vuelvo al ejemplo de las redes sociales. Si no introduzco un comentario, ni pincho el “me gusta” ¿Qué significa? ¿Qué otorgo, es decir estoy de acuerdo y para qué insistir? ¿Qué no me gusta lo leído y prefiero callar para no molestar ni dar lugar a discusiones innecesarias? ¿Qué desprecio a los que se han molestado en expresar una idea o compartir un envío? ¿Qué soy rematadamente tonta y como no me entero de lo que leo no comento?
  En una ocasión, en una reunión de amigos oí como a una persona que andaba calladita alguien le preguntó por qué no hablaba; contestó: porque prefiero escuchar, se aprende más. La persona que la había interpelado le endosó: esa es una postura egoísta. Como dijo Rosalía de Castro “Este barro mortal que envuelve el espíritu, / ¡quién lo entenderá, Señor!”

   Mucho se ha hablado del buen callar. “Al buen callar llaman Sancho…” (Frase de larga historia que no ha lugar explicar aquí). “No hables a menos que puedas mejorar el silencio” (¿Jorge Luis Borges?). ¿Recordáis el consejo que le dio papá Conejo a Tambor antes de salir de casa?: Cuando al hablar no has de agradar, mucho mejor será callar.  
   Por el contrario también encontramos frases muy elocuentes sobre el hecho de no callar, de hablar: “La palabra, cuando es clara y sincera, nos acerca a los demás “. ¡Cuán agradable es pasar una tarde o unas horas hablando de manera sincera, amistosa y clara con algún/a amigo/a, hijo/a o con la pareja. Podríamos aquí aplicar la frase de ¿Unamuno? “El silencio es como el viento: atiza los grandes malentendidos y no extingue más que los pequeños.” Porque, efectivamente, callar, a veces, conduce a malos entendidos que solo se pueden aclarar hablado.

  “Hay amores que matan” reza un refrán castellano y también podríamos decir: hay silencios que matan. Son esos silencios que suceden cuando esperamos una respuesta positiva, un elogio, un reconocimiento o una noticia y obtenemos como se suele decir “la callada por respuesta”. Entonces puede ocurrir que, como dijo no sé quién, “A veces, el silencio es la peor mentira “.

  Muy interesante es la relación silencio-amor. En este sentido la poesía ha dicho casi todo lo que se podría decir. A través de ella vemos como en la relación amorosa el silencio es sustituido ventajosamente por la mirada. Una mirada dirá, a veces, mucho más que mil palabras. “Obras son amores/ que no buenas razones” , reza el dicho popular. O bien, el silencio viene impuesto por un amor que por un motivo u otro debe mantenerse oculto. “¡Silencio sin confín, lirio maduro!” (“Sonetos del amor oscuro” de García Lorca)   También es posible encontrar en la presencia o deseo del silencio una actitud de dominio,  “Me gustas cuando callas porque estás como ausente “. 
¡Oh, los grandes, graves, silencios del amor,
¡Oh, amar tanto que sólo el silencio pueda comunicar la dicha que sentimos.

  Pasemos a otro aspecto. El silencio (o los silencios) es necesario, no ya para callar algo que no se debe decir sino en la locución o en la lectura. Cuando hablamos, necesariamente hemos de ir introduciendo silencios más o menos breves o extensos dependiendo del significado de la frase, de su extensión, de la relación de unas frases con otras. En la lectura estos silencios vienen indicados por los signos de puntuación.
  Otro tanto ocurre en la música. Es decir, que en cierto modo el silencio forma parte del sonido y convive con él.

  Centrémonos ahora en otra acepción del silencio. El silencio como opuesto al sonido, al ruido. Necesitamos el silencio. En estos tiempos tan ajetreados y ruidosos que vivimos ¡qué necesario es un poco de silencio! Con frecuencia oímos en los Medios de Comunicación que los vecinos se quejan del ruido procedente de un bar vecino, de las terrazas de los bares o, incluso, de la música de las fiestas del barrio. Es más, hay quien se queja del que hacen los camiones de recogida de la basura porque suelen pasar bajo nuestras ventanas a horas muy delicadas para el sueño. Todas estas quejas tienen su razón de ser, pero no siempre tienen razón. Es cierto que hay personas que para poder dormir necesitan, o creen necesitar, un silencio absoluto. Otras, sin embargo, son como aquel pirata literario que del trueno al son violento/ y del viento al rebramar/ se dormía sosegado/arrullado por el mar. (Yo podría ser una de esas personas). Las hay que en lugar de dormir la siesta se duermen el telediario.

   El silencio absoluto, tal vez, no sea bueno ni tan necesario. Alguien, no recuerdo bien quién, dijo algo así como que Hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio” Es cierto. Es muy difícil soportar un silencio absoluto. Ni siquiera para dormir. Y si no pensemos: ¿No es cierto que a los bebés les cantamos, les susurramos cosas al oído mientras los mecemos en nuestro regazo o en su cuna? Para darme la razón ahí están las nanas y canciones de cuna. Los músicos, los poetas y, tal vez, la voz popular, en todos los tiempos (eso sí, pasados) compusieron muchas y muy bellas. Aunque también algunas, no sé por qué razón, tenían unas letras un tanto truculentas. Recuerdo una aprendida de mi madre que, sin duda, debió aprenderla de alguna de aquellas entrañables tatas del pueblo que decía así: (No me resisto a transcribirla)
El tren que corría
 por la ancha vía,
de pronto vino a chocar
con un aeroplano
que estaba en el llano
volando sin descansar.
Quedó el maquinista,
con la tripa fuera
mirando hacia el aviador
que ya sin cabeza
buscaba el sombrero
para librarse del sol.
 Todo esto ocurría,
sin saber cómo ni cuándo
 y la máquina seguía
pita, pita, caminando.
 ¿Habrá mayor disparate? Pero está claro que el bebé, que no entendía la letra, se dormía, no por las palabras sino por la música, por el ritmo. Si nos detenemos a analizar el ritmo del texto comprobaremos que reproduce el movimiento de vaivén con que acunamos al niño.

  Para ciertas actividades es necesario el silencio. Por ejemplo, para estudiar, leer, escribir o, sencillamente, pensar.
  No obstante, hay personas que estudian con música. Entiendo que una suave música de fondo puede ayudar; pero nunca una canción o una de estas músicas estridentes, que más parecen ruido, que tanto se oyen hoy. Pero ya se sabe, hay gustos para todo. Además, cada persona es un mundo y en esto de necesitar más o menos del silencio, como en casi siempre, no se puede generalizar.
  Personalmente me cuento entre esas personas que necesitan silencio para leer, estudiar, concentrarse. Cualquier palabra me puede romper el hilo de una idea y es posible que no lo recupere jamás. Me ha ocurrido.  Sin embargo, cosa curiosa, escribo junto a una ventana que da a un pequeño parque infantil y el sonido de los niños que juegan, se columpian, gritan…no me molesta. Incluso, a veces, giro la cabeza hacia la derecha cuando los oigo para verlos, y luego sigo escribiendo sin problemas.
  A veces, paradójicamente, es necesario que se produzca un silencio para que podamos oír o escuchar algo. Por ejemplo, en una clase debe reinar, al menos durante algunos minutos, el silencio para que los alumnos oigan la explicación del profesor o de otro compañero; incluso que el profesor pueda escuchar debidamente las exposiciones de los alumnos. En el cine, debe reinar el silencio pues de otra manera no nos enteraremos de nada. Algo similar ocurre en un concierto o en el teatro. O cuando en familia se está viendo la televisión y alguien habla se le manda callar; sobre todo si se observa que van a decir algo más importante de lo habitual.

  El silencio es necesario para pensar aunque, evidentemente, podríamos hacerlo entre el mayor de los barullos. Pero imaginemos qué ocurriría si un científico tuviera que investigar, formular hipótesis y tesis en medio de un alboroto. No lo veo muy factible. O simplemente el ama de casa que está preparando la comida y recordando los ingredientes.  Está pensando, concentrada. Le hablan y se le puede olvidar agregar la sal o pierde la cuenta de los cacillos de agua que debe echar a la paellera.
  Al llegar a este punto del tema he recordado una canción que se escuchaba mucho en mis años jóvenes, en aquellos programas radiofónicos de discos dedicados. Era una milonga de Atahualpa Yupanqui “Los ejes de mi carreta” que en parte de la canción decía:
No necesito silencio.
Yo no tengo en qué pensar.
Tenía, pero hace tiempo,
ahora ya no pienso más.  

   Estas palabras nos llevan a reflexionar sobre otro aspecto del tema que estamos tratando. ¿Qué ocurre si nos encerramos demasiado en nosotros mismos, en un silencio obstinado? ¿Es recomendable lo que algunos llaman el silencio interior y que dicen sirve para conocerse mejor? No sé. A veces si nos obcecamos en guardar silencio, en pensar demasiado pueden aparecer ciertos fantasmas nada recomendables. Y en cuanto a lo de autoconocerse, tengo mis dudas; lo que no significa que no respete la aceptación de otras muchas personas pues, a juzgar por la cantidad de páginas que he encontrado en Internet sobre este asunto, pienso que debe estar de moda. En una de las páginas que he rastreado en busca de información sobre el tema, he encontrado la siguiente frase: Hablar es una válvula de escape, un sistema de seguridad necesario para no entrar en los límites de la locura cuando la presión externa es excesiva. Más me avengo a esta idea. Está comprobado que cuando una persona se guarda todos los problemas, o las manías, puede acabar cayendo en una depresión, o puede somatizar sus problemas a través de aparentes enfermedades. Aparecen, como decía antes, los fantasmas, los recuerdos negativos, los presagios tristes, incluso, dramáticos; la autocompasión que le conducirá a la tristeza. O sea, nada bueno.
  Peor, aun cuando el silencio es impuesto por personas del entorno, por la sociedad, la educación, el ambiente, etc. Hablar es una válvula de escape…”
. Los seres humanos necesitamos hablar, comunicarnos. Decía Carmen Martín Gaite algo así como que a veces se escribe porque no se tiene con quien hablar. No es necesario tomar al pie de la letra ese no tener con quien hablar. Lo que ocurre, a veces, es que no tenemos con quien intercambiar ideas que nos bullen en la cabeza, la impresión que nos ha causado la lectura de una novela , lo que pensamos a cerca de los acontecimientos que ocurren cada día…Muchas veces van las personas a una reunión con la idea de plantear un tema ( o varios) que le parece interesante o le preocupa pero resulta que casi siempre hay alguien que toma la voz cantante y convierte la reunión en una especie de autobiografía o monólogo, o impone un tema del que no hay manera de salir. Es el problema que tenemos los humanos que como dijo alguien (¿Ernst Hemingway?)     Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar. Yo diría a escuchar. Al arte de escuchar.

   Y para terminar no querría dejar de citar la importancia del silencio, en y, de la naturaleza. Ese del que tantos hermosos versos compusieron nuestros poetas: Garcilaso de la Vega, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz…
Remito a Notas.
   Espero haber sido capaz de seguir el consejo que recogía más arriba de hablar para decir la verdad, no dañar a nadie, ser útil. Y, si ha valido la pena perturbar vuestro silencio con lo que he dicho. O si por el contrario me he ganado que alguien repita aquel famoso ¿¡Por qué no te callas!?

Notas. -
  A veces pongo entre signos de interrogación el nombre del autor de una cita. La razón no es otra que haber comprobado que no todo lo que aparece en Internet o nos llega a través de Facebook o wasap es correcto, incluso cierto.
   Textos consultados de los que se ha extraído alguna cita y que se pueden leer como complemento del artículo:
 “Cántico espiritual” ( S. Juan de la Cruz )
…la música callada,
   la soledad sonora,
 Elegía del silencio (Federico García Lorca) Obras completas. Aguilar.
Silencio, ¿dónde llevas
tu cristal empañado
de risas, de palabras
y sollozos del árbol?..
Sonetos del amor oscuro. (G. Lorca) (Internet)
¡Ay noche inmensa de perfil seguro,
 montaña celestial de angustia erguida!
 ¡Ay perro en corazón, voz perseguida!
 ¡Silencio sin confín, lirio maduro!) …

El silencio del mar
brama un juicio infinito……

Égloga III estrofa 10) (Garcilaso)  en poesías castellanas completas. Ed.  Clásicos. Castalia
“En el silencio solo se escuchaba
el susurro de abejas que sonaba” …

 “Vida retirada “(Fray Luis), poesías. Círculo de lectores
“Un no rompido sueño,
Un día puro, alegre, libre quiero” …
………………….
 “Despiértenme las aves
con su cantar sabroso no aprendido.
…………………………
“El aire el huerto orea
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea
con un manso rüido
que del oro y del cetro pone olvido…”

El silencio.  Mario Benedetti (Internet)
Qué espléndida laguna es el silencio
allá en la orilla una campana espera
pero nadie se anima a hundir un remo
en el espejo de las aguas quietas
……………………….
Fue tu silencio el que me dio todas las respuestas.
………………………
Tu silencio encierra lo que no quiero escuchar, lo que me niego a oírte pronunciar
-
  15 de P. Neruda -
Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca…

Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo

Silencio de Carlos Gardel
……..
Meciendo una cuna
una madre canta
un canto querido
que llega hasta el alma
porque en esa cuna
está su esperanza
………………….
Silencio en la noche
Silencio en las almas
 Vuestros comentarios serán bien venidos. Vuestro silencio será muy elocuente.


martes, 17 de enero de 2017

PARA LISTO, YO (el pecado de la soberbia)

 En casi todas las listas de pecados, la soberbia (del latín superbia) es considerado el original y más serio de los pecados capitales. Se suele definir como un deseo de ser más importante o atractivo que los demás. Ser el más listo. Al que nadie se la pega.
      Desde su nacimiento en una sencilla familia cristiana,
  había sido  educado en la humildad.
-Sé humilde- le decía su madre- no eres mejor que los demás
-No peques de soberbia como hizo Luzbel- le decía el cura en la catequesis
-No seas orgulloso pues nadie te respetará- repetía una y otra vez el padre.
-No seas vanidoso que te perderás como el cuervo de la fábula repetía la abuela
   Fue creciendo y empezaron los estudios.
   El profesor de literatura: Dante coloca en la primera terraza del purgatorio a los soberbios.
   El Arcipreste de Hita censura el pecado de la soberbia en su fábula del “caballo y el asno”
   El profesor de griego empezaba su clase con la frase del Eclesiastés: “MATAIOTES MATAIOTETON KAI PANTA MATAIOTES” escrita con mayúsculas en el encerado.
    Con estas enseñanzas el pobrete cada día era más apocado. No quería pecar de soberbio pero empezó a pecar de pacato.
   Así sus buenos amigos le decían constantemente
-    -Tienes que creer un poco más en ti mismo.
-No debes asustarte tanto ante el profesor, no es el coco,
-No les des a todos la razón, creen que eres tonto
   El tiempo pasaba y tras mucho sufrir consiguió  acabar la carrera. Ahora tenía dos problemas añadidos. El más importante, quizá, las chicas.
-No eres peor que los otros-le decía su mejor amigo
-Hazte de valer
-Pero  es que me educaron en la modestia y la humildad. Me lo grabaron a cincel
-Ya lo veo. Eso está bien pero hasta las  virtudes hay que saberlas administrar. Como lo harías con tu sueldo para llegar a fin de mes. Decídete.  Demuestra a todos  que eres inteligente, gracioso. Si eres fantástico ¿por qué andas siempre como asustado ante todos? Eres mejor que muchos
   Por fin llegó el momento de las oposiciones y otra vez el mismo problema. Siendo, como era inteligentísimo tuvo grandes problemas para aprobar.
   Un día su mejor amigo, harto de darle consejos sin conseguir borrar aquella “buena educación” le soltó
-Di alguna vez ¡¿quién como yo?! ¡Coooño!
   Y él intentó empezar a ponerlo en práctica, con poco éxito de momento, pero progresando adecuadamente. Hasta aquel día.
   Había quedado con los amigos para toma unas cañas. Llegó al lugar de la cita y empezó a dar vueltas en busca de un aparcamiento. Por fin, ya cansado, vio un hueco pero ¡mal asunto! junto a la acera una señal de tráfico indicaba Prohibido aparcar. Precisamente en ese momento decidió poner en práctica lo de ¿quién como yo?: Pues aparco aquí porque quiero. ¡A mí me vas a decir tú dónde tengo que aparcar! Y aparcó, cerró el coche. se ,fue a tomar las cervezas. Cuando volvió a recogerlo, el vehículo había desparecido. ¡Oh consternacione! Se lo había llevado la grúa.
Investiga dónde está, llega como Dios te da a entender, demuestra que eres el dueño, paga una multa y te lo puedes llevar.
¡Para una vez que pecó de soberbio…!

 (Julio 2016)