Abro este blog con la intención de mantener un ameno diálogo con todo aquel que se acerque a él. Creo que lo más bonito de las relaciones humanas es esa comunicación que consiste en un intercambio de emociones, conocimientos, ideas….Esa comunicación que enriquece el espíritu.

"La relevancia de la comunicación humana, pues del contacto verbal surge un intercambio que aminora el dolor, palía la soledad y estimula el contento de vivir” Carmen Martí Gaite

sábado, 8 de julio de 2017

El deseado

  
Tantos días en la clínica dieron para mucho. Lara iba todas las tardes a ver cómo seguía la abuela
A Lara le gustaba hablar esas tardes un rato con su tía que le contaba cosas de la familia.
 Una de aquellas tardes, al llegar.
- Tita, cuando te pregunté por mi padre, dijiste “el deseado” ¿por qué? ¿Cómo pudo ser deseado si hoy solo oigo comentarios negativos sobre él??
- Esa es la cuestión, que fue, un niño muy deseado. Ya había dos niñas y mi padre, el abuelo, deseaba con toda su alma un hijo. Como todos los hombres, él soñaba con ese hijo varón que perpetúe el apellido paterno; y, según su teoría de que sus hijos debíamos llegar  más lejos que él, los proyectos para su hijo no tenían límite.
- ¿Qué edad tenías tú cuando nació mi padre?
-Nueve años recién cumplidos. -
- Pero voy a empezar con la historia de tu padre si no quiero tener que hacerlo por entregas.
 Nació una calurosa madrugada del mes de agosto. -Aquella noche mi madre estaba muy rara. Se encontró mal y se fue a la cama. Al rato empezó a gritar y decir que se le había echado encima un gato y cosas así. A las niñas nos acostaron temprano. 
   Por fin, de madrugada, mi tía nos despertó y nos mandó a la iglesia aprovechando que era primer viernes.
 - ¿Qué tenía que ver que fuera primero o tercero? No entiendo nada.
 - Los primeros viernes de cada mes, durante nueve, se consagraban a honrar al Sagrado Corazón de Jesús. La cosa consistía en ir a misa y comulgar.
- ¡Caramba, tita! Qué cosas has vivido.
 -Es que soy ya muy mayor. Mi tía dijo que pidiéramos a Dios que lo que estaba naciendo, naciera bien, que fuera niño y tuviera vocación de cura.
- Pero, a ver si me aclaro. Si el abuelito deseaba un hijo para perpetuar su apellido no le haría gracia la idea de hacerlo cura. ¿No?
- Claro, hija. Pero mi tía iba por libre, como decís ahora. Ella quería un sobrino cura y ni se planteó la opinión del padre de la criatura.
- ¡Jo, qué divertido, tita! Sigue, sigue.
- Cuando volvimos a casa ya había nacido la criatura y ¡era niño! Cuentan que el abuelo había dado saltos de alegría cuando le dijeron que era un niño. ¡Pobre! No se imaginaba lo que le esperaba. O quizá él contribuyó a los resultados. El caso es que la felicidad se acabó pronto. La abuelita se quedó algo malucha. Se ponía muy nerviosa con el crío. No tenía leche; con tantos nervios debió írsele a las Bahamas. Entre las decisiones que tomó casi desde el primer momento destaca la de dejar al marido en el dormitorio de matrimonio, para que el niño lo dejara dormir, y ella trasladarse al de las niñas. Con todo, allí no dormían ni las piedras. Mi padre se levantaba al oír el llanto incesante del niño y las barbaridades que salían de la boca de mi madre. Los días pasaron y, tras una visita al médico, ya que mi madre cada vez estaba peor, tenía fiebre y dolores, resultó que tenía un tumor del que había que operarla sin dilación.           Entre el preoperatorio, la operación y el postoperatorio se pasaron dos o tres meses durante los cuales yo me   tuve que hacer cargo de tu padre.
- Pero has dicho que tenías nueve añitos recién cumplidos.
- Sí. Pero en aquellos tiempos las niñas estábamos para eso y ,además, no quedaba otra. Y me convertí, o me convirtieron, en su pequeña mamá. Eso tuvo una consecuencia positiva y es que el crío me quería como a nadie.
- Y aún te quiere. Siempre le he oído hablar bien de ti.
- Por supuesto. Y yo a él. Piensa que fue más que mi hermano mi primer hijo.
  Fue un niño encantador, simpático, travieso. Recuerdo cosas suyas como si las estuviera viendo ahora.
   Las anécdotas infantiles de Isaac son incontables pues era un niño gracioso donde los haya.
  Un día ,que había intentado desarmar la bicicleta del abuelo para convertirla en un avión, al ser descubierto estaba recibiendo una dura reprimenda por parte del progenitor desbicicletado cuando no se le ocurrió más que soltar, desde su posición apenas a unos centímetros del suelo, un sonoro ¡quiquiriquí!. El abuelo tuvo que salir corriendo para no ser sorprendido riéndose a mandíbula batiente.
 -No, si lo de chistoso lo conserva. Cuando se pone gracioso no hay quien lo gane.
-  Se consideraba por aquel entonces, que el pan mojado en vino era muy bueno para los niños y las gallinas. A ambos se les daba. A unos para que hicieran sangre y a las otras para…no me acuerdo qué.
- Sería para que pusieran más huevos. Y rió con todas sus ganas. Pero lo de darlo a los niños es una barbaridad. Y lo que más me sorprende es que de todo eso que me cuentas han pasado unos pocos años. Ya, fue el siglo pasado, pero no hace un siglo. Veo que hemos evolucionado más de lo que yo pensaba. Nos creemos ahora los jóvenes que los adelantos van despacio y lo que ocurre es que ignoramos mucho de nuestro pasado más inmediato.
- Así es. Pues a propósito de lo del pan con vino, ocurrió que una tarde, tendría tu padre unos cuatro años, mi madre le puso en un plato una rebanada de pan con azúcar y lo mandó, como casi todas las tardes, a la vecina que  tenía a la sazón una taberna, le echara un chorrito de vino. El caso es que aquella noche no había quien lo acostara. Como siempre, yo lo intentaba y no había manera. Saltaba sobre la cama, se reía, hacía chistes. Todos se preguntaban qué le pasaba. Alguien soltó una frase hecha “parece borrachito” y aquello les encendió la bombilla. Preguntada la vecina sobre cuánto vino le había echado en el pan contestó que esa tarde no había visto al crío. Todo estuvo claro. El niño llegó, llamó y al no encontrar a nadie se sirvió por su cuenta y riesgo. Como es natural la dosis estaba reforzada o mejor, no controlada y, verdaderamente, estaba borrachito.
  La sobrina, con estas historias, reía con gana. - ¡Sigue, sigue!
 Cuando nos trasladamos a vivir aquí, él tendría unos cinco años. . Lo llevamos a uno que lindaba con el Instituto donde estudiábamos la tita y yo; el pobrecillo, cuando salía al recreo que solía coincidir con el nuestro, se colgaba como un monillo de la cerca que separaba ambos Centros hasta verme aparecer.
- ¡Ay, tita! Cómo me está gustando este relato de vuestras vidas. Es una pena que conozcamos tan poco de nuestra familia. ¿Por qué no nos cuentan nada? O ¿por qué sólo nos cuentan lo que interesa en cada momento y a cada uno? Estoy viendo a mi padre de una manera distinta. Siempre oyendo despropósitos contra él y tú tienes un arsenal de cosas bonitas. ¡Qué suerte que tengas tanta memoria y que te hayas avenido a mi ruego! Hoy, me voy a conformar con saber de mi padre y lo que de manera más inmediata lo rodea, pero otro día me has de contar más cosas de la familia y de esos tiempos tan próximos y lejanos a la vez.
- Estoy dispuesta. Y en cuanto a tu padre, creo que ahora viene lo más interesante. Debió ser hacia los nueve años cuando empezó a sentir ese sentimiento de abandono que quizá le llevó a volverse exigente a la hora de pedir atenciones y desvelos hacia su persona. Quizá lo que lo fue convirtiendo en esa persona a la que muchos no saben si querer u odiar. Muchos días, me preguntaba por qué todos los niños de su colegio llevaban bocadillos de mantequilla preparados por su madre menos él. Es cierto que nuestra madre se iba muy tempano al trabajo  pero yo, desde mi visión de hoy de madre trabajadora que he sido, pienso que podría haber hecho un esfuerzo, no le habría costado más que faltar a alguna misa, y habría ganado bastante. Quizá ahí empezaran los errores que si no fueron la causa total sí contribuyeron a los cambios que se fueron produciendo en tu padre.
 -Entonces ¿tú crees que la educación o la actitud de los abuelos pudo estropear a mi padre?
 - No y sí. Está claro que hay una base sobre la que se influye. En este caso, los tres hermanos compartimos hogar y padres con todo lo bueno y lo malo. Si te fijas somos bastante distintos. No obstante, yo creo que sí influye bastante el ambiente familiar. Pero, sabido es que no hay escuelas de padres porque nadie sabe serlo, hay que vivirlo, hay que dedicarse a eso fundamentalmente, a ser padres poniendo toda la carne en el asador; se hace lo que se puede. Eso es verdad;  pero no impide que se cometan errores, a veces muy graves. En alguna parte he leído que “Tener hijos no le convierte a uno en padre, del mismo modo que tener un piano no le vuelve pianista. ¡Y qué razón tiene quien lo haya dicho!
 - Es verdad. Qué razón. Lo cierto es que a mí me asusta un poco la idea se ser madre. Por esa responsabilidad.
 - Tampoco exageres, mujer. Continúo. Tu padre fue un gran lector de tebeos. -
-  El caso es que los leíamos los dos. El TEBEO, PUMBY, EL CAPITÁN TRUENO…. En PUMBY, había episodios que se sabía de memoria y los recitaba con una gracia impresionante. Recuerdo aquel de: “¡Esto es sabotaje!! - No señor es una sopa de letras. - ¡Queda usted despedido! - Y que lo diga despedido y arrojado desde allí”. La lectura de El Capitán Trueno la compartíamos, al igual que la de todos los otros, a pesar de que yo ya era universitaria. Toda su preocupación consistía en saber dónde estaba la isla de Thule y si la princesa Sigrid existía de verdad. Tal vez estaba enamorado de ella.
Con el tiempo el carácter de tu padre se fue, según criterio de la familia, desvirtuando, estropeando, haciéndose insoportable e intolerable. No fue culpa suya. No somos culpables, al menos al cien por cien, de lo que somos. Ahí está la herencia genética que nos aporta genes de no sabemos qué lejanos ancestros; luego,  la educación que nos dan incluido el ejemplo, algo poco valorado a lo que yo doy mucha importancia, el ambiente familiar, el  entorno social, (al que le toca un periodo de cambios lo tiene aún más difícil), incluso el amor que nos dan. Y en este sentido no se trata de amor así a secas, yo te quiero y te digo lo que tienes que hacer y porque te quiero sufro si no eres como a mí me gusta y como te quiero…. Ese es el amor del dictador. Y ese es precisamente el que se da con demasiada frecuencia.
  Nos quieren, queremos, pero cada cual a su manera y no pensamos en la manera que necesita el otro. Del mismo modo que no se puede educar a dos hijos igual porque no son dos seres exactamente iguales por muy hermanos que sean. Y mucho de esto pasó con tu padre. Fue, ha sido, es y será muy querido, pero ni unos supieron darle lo que necesitaba ni él, una vez adulto y con capacidad para ello, supo aceptar lo que le daban y ajustarlo a sus necesidades.
 - Entonces ¿Tú justificas a mi padre? ¿Consideras que sería de otra forma si las circunstancias hubieran sido otras?
 - No lo justifico. Intento comprenderlo y  creo que las circunstancias influyeron mucho. Ya te he dicho que a los tres se nos educó bajo el mismo patrón y, sin embargo, nos parecemos, como vulgarmente se dice, como un huevo a una castaña. Tú padre vivió situaciones que un niño quizá no puede superar. Al menos, no todos los niños; los hay que no se enteran de nada, otros que son capaces de aceptar y con el tiempo superar ciertas cosas y otros, tal vez más sensibles o más débiles psicológicamente a quienes afecta en demasía. . Claro, es más cómodo decir y repetirnos hasta la saciedad que nos ha salido el niño rana, que hemos tenido mala suerte, etc. que reconocer que hemos fracasado, en algún caso por culpa nuestra, por negligencia, ni más ni menos.
 - ¿Esas fueron las razones por las que mi padre no estudió? ¿En qué sentido se manifestó su rebeldía?
 - Posiblemente. Piensa que el abuelo estaba decidido a sacrificar por él lo que fuera y a quien fuera. Lo soñaba arquitecto, médico, abogado, algo grande y desde luego famoso y ganando mucho dinero. Pero un hijo que se siente abandonado, por un lado; oprimido, por otro; y, por añadidura es soñador, creativo, idealista. ¿Cómo reacciona? Con el rechazo rotundo a todo lo que su padre proponga.
  Su rebeldía se manifestaba de muchas maneras-
  Hasta que se casó (después también) anduvo dando tumbos y haciendo de todo un poco y, más o menos, lo que tú ya sabías antes de esta charla.  Que tu padre es simpático, gracioso, inteligente, creativo, cariñoso, curioso, lo que le lleva a ser bastante culto, aunque no hiciera carrera universitaria; se podría decir incluso que guapo o al menos bastante agraciado.
- ¡Guapo!
-Desde luego. Y yo me pregunto: si parece que tiene todos los ingredientes para ser un ser casi extraordinario ¿Qué le falta? O quizá ¿qué le ha faltado? ¿Se sintió siempre solo? ¿No supimos comprenderlo? O ¿simplemente, nació así y no hay que darle más vueltas?
 - Buenas preguntas, pero si tú no tienes la respuesta, imagínate, yo.
_ Yo creo que lo importante es que hayas conocido los orígenes de tu padre, las posibles causas de algunos rasgos de su carácter. Por lo demás, es tu padre y a los padres, como a los hijos, se les quiere como son. -
 - Tita, si a lo que me has contado le sumo lo que yo he vivido con mi padre, y otras cosas que he oído, resulta que su vida parece una novela.
- Toda vida encierra una novela, chiquilla. A fin de cuentas, las novelas se inspiran en la vida; cualquier obra literaria, quizá incluso cualquier obra de arte, es la vida cotidiana pasada por el tamiz del escritor, del autor. Unos escritores la reproducen tal cual, otros la exageran o la adornan, pero siempre nos la dan como ellos la ven o la sienten. Todo depende de la personalidad o de la intención del autor.
  Volviendo a tu padre, lo cierto es que tampoco él ha puesto mucho, o nada, de su parte para cambiar las cosas. ¿No ha querido, no ha podido, no ha sabido? Difícil saberlo.
 Lo cierto es que pasó, sin saber cómo, de ser el deseado a ser el menos aceptado. ¡Una pena!
- ¿No te has planteado nunca escribir una novela con estas historias de tu, de nuestra, familia? Porque materia hay. Y sospecho que tú guardas mucho en la trastienda.
-¿En la trastienda? - Tienes razón, mi niña. Cuento con un buen acopio de historias e historietas. El problema es saber contarlas, plasmarlas en el papel. Pienso que cada vez se hace más difícil con tanta gente que escribe, con tantos buenos escritores que hay y ha habido. A mí me ocurre a veces cuando leo algo que me gusta que me digo ¿por qué yo no voy a ser capaz de hacer algo así? Y al momento me contesto: imposible.

(forma parte de un texto más amplio)
¿Opiniones y comentarios? Gracias

1 comentario:

  1. Muy gracioso tu diálogo con tu sobrina. Comparto la idea de que la vida, y más a nuestra edad, ofrece muchos temas para adaptarlos a la forma literaria que más domines, la narrativa, el verso. Mi hermana Pili, unos años antes de morir empezó a narrar nuestra infancia porque sabía que no se la iba a poder contar a sus nietas. Todo ese material lo tengo y algún día me decidiré a darle forma. Feliz verano.

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